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EL ESTRANGULADOR DE LA SAGRA

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EL ESTRANGULADOR DE LA SAGRA
De repente apareció por la calle desierta un hombre calvo muy grande persiguiendo a un muchacho con tupé superlativo, hocico prominente y expresión enteca.
En un extremo del parque, bajo un cartel del ayuntamiento pegado en una farola, que anunciaba una mariscada como principal actividad cultural para las navidades, había una silla de ruedas volcada y una viejecilla, despeluchada y de ojos saltones y nublados, intentando arrastrarse por el suelo en pos de un banco podrido como un ataúd desenterrado.
En el asfalto mojado bajo la mortecina luz de las farolas, reverberaba el trote atropellado y el angustioso jadear de las carreras.
El hombre grande tenía los ojos llorosos y ardientes de asombro y rabia, los del muchacho eran ruines e inexpresivos, como los de una gamba cocida.
El muchacho quiso saltar por encima del capó de un coche aparcado que se interponía en su huida, con tan mala fortuna que fue a caer de bruces sobre la acera, golpeándose estruendosamente de rebote contra el cierre metálico de una lencería que estaba allí sin hacer daño a nadie hasta ese momento. El hombre grande se abalanzó sobre su presa y la agarró del pescuezo con dos manazas que parecían palas de enterrador. Comenzó a apretar con vehemencia, mientras murmuraba rechinando los dientes y abriendo mucho los ojos ciegos por un huracán de locura:
- ¡Anda, hijoputa, ríete ahora de mi madre, gamberro, tírala ahora de la silla y ríete como te reías con tus amigos!-
El muchacho empezó a ponerse morado, revolviéndose violentamente como una pescadilla atrapada en la red y arañando instintivamente a su agresor en las mejillas rollizas y acaloradas. Al cabo de unos minutos emitió unos sonidos guturales que recordaban a los de un pavo cortejando a una pava, y poco después un inefable hedor a muerte y mierda se expandió en la noche a través de la espesa niebla.
Cuando el muchacho dejó de respirar, el hombre aflojó las manos, pero inesperadamente su víctima volvió a sacudirse emitiendo unas ridículas pedorretas que evocaban el ruido que hace un niño cuando imita el sonido de una moto. Entonces el hombre grande apretó con más fuerza, mientras el muchacho exhalaba los últimos estertores de muerte.
Desde un contenedor de basura, dos ratas mojadas y hediondas observaban la escena con expresión neutral y expectante.
La vida es como una muela de raíz profunda, y no precisamente la del juicio, y cuesta arrancarla mucho más de lo que se piensa vulgarmente.
Si vivir es difícil, morir lo es todavía más.
Cuando el cuerpo del muchacho quedó por fin enervado y sin aliento, el hombre grande se incorporó, descubriendo su monstruoso rostro reflejado en el escaparate, entre los descabezados y muertos maniquíes amortajados con ligueros, corsets y vaporosos tules, que ostentaban su suave lujuria entre el recargado y cursi reclamo navideño, bajo un rojo neón donde podía leerse: “MERCERÍA Y LENCERÍA LA FLOR DE UGENA”.
A lo lejos se divisaron los faros de un coche.
Con el indeleble olor de la muerte en la garganta y en la boca, ese olor como a mierda (al fin y al cabo la mierda y la muerte son una misma descomposición) mezclada con carbonilla de un tubo de escape mal combustionado, el hombre grande regresó al parque, levantó la silla y puso con cuidado en ella a su anciana y babeante madre, que exclamó quejándose lastimeramente:
- ¡Ay, ay, ay, hermoso, Avelina, Avelina, llévame al teatro!-
Y se alejaron sobre la hojarasca, hasta perderse en la oscuridad.

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Comentarios EL ESTRANGULADOR DE LA SAGRA

escribes el relato muy bien

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